Cuando el liderazgo se queda sin ganas de seguir, la causa está perdida.

Cuando las empresas son incapaces de ver lo que otros sí, comienzan a perder aliento. Y en gran medida esa situación es producto de la mentalidad que tienen sus directivos en querer seguir haciendo las cosas como siempre y no admiten que el mercado evoluciona y demanda de manera diferente.

 

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Entonces ¿Qué sucede? Lo inevitable, las empresas se estancan, su liderazgo se rezaga, se pone perezoso y ya no tienen las competencias necesarias para mantenerse frente a este bloqueo que ven ellos se les presenta en el mercado. Seguramente empleados y el mismo mercado les están diciendo a gritos lo que deben hacer; pero son incapaces de oírlos. Este tipo de empresas, que no crecen y compiten, están dirigidas por líderes que rara vez cambian la forma de operar y creen que no son vulnerables a las nuevas condiciones del mercado. Ellos carecen de la visión para ver más allá de lo obvio.

Seguramente siempre ven el vaso que está por la mitad de agua, medio vacío, es decir; solo ven que su liderazgo es lento o no lo suficientemente receptivo como para nuevas formas de hacer las cosas. Aunque su empresa puede estar ganando ahora, en cualquier momento el mercado puede atraparlo por sorpresa y comenzará a perder impulso rápidamente. ¿Qué podrán hacer en ese caso? ¿Quién puede sentirse motivado por lideres así?

Mirar la vida de Napoleón Bonaparte puede ayudarnos a saber qué hacer en casos cuando la moral está caída y pareciera que no hay esperanza alguna, salvo seguir esperando que alguien aparezca y cambie todo a favor de nosotros.

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Habiendo sido nombrado comandante supremo de todas las fuerzas en Italia, cargo que logró gracias a su esposa, fue a los Alpes a retar al imperio australiano y a los italianos.

Era su primera vez, al comando de un ejército, no se esperaba demasiado de él por su inexperiencia. Incluyendo a los generales, todos se reían de él lejos de su presencia. Todos comentaban, un general que debía su posición a su mujer. Pero una vez que llegó, todos entendieron que él estaba a cargo de todo. Su ejército estaba en muy malas condiciones por la incompetencia de sus comandantes. Ni siquiera tenían para darles de comer. Solo podían ofrecerles que invadieran y que se cobraran con lo que encontraran en aquél lugar.

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Prometió a sus soldados, honor, gloria y riquezas ante la desdicha que tenían. Todos quedaron cautivados, era un estupendo actor, capaz de fingir alegría, tristeza, pasión y terror. Y marchó con su entusiasmado ejército en número menor que sus enemigos. Planeó conquistar por separado a los piamonteses y australianos, ambos aliados, primero iría por Piamonte. Ante la desventaja del número, era mejor tener dividido al enemigo. Con sus hombres en las montañas, el enemigo desplegó sus fuerzas y en el momento indicado Napoleón concentró su ejército y los aplastó. Napoleón dijo:

no hay teoría en la guerra, hay que hacer lo que hay que hacer y hacerlo rápido, sorprender al enemigo y dejarle atónito si se puede. Moverse rápidamente y ser cruel con él.

Acciones como estas, dejaron impresionados a sus contrincantes, hacía poco tiempo su ejército estaba empobrecido, con hambre, sin moral. ¿De dónde sacaban las fuerzas para la acción? ¿Quién era su líder? ¿Qué clase de cosa había hecho para impulsar con tanta fuerza a sus hombres? Pues en el texto está escrito de manera llana. Una gran promesa, identificación con quienes le siguen y generar confianza con la acción. Hay que creérselo de lo contrario jamás pasará. Si no, pregúntele a Napoleón.

 

 

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