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PROLEGOMENOS LA EXPEDICION LA EXHUMACION DEL CADAVER EL REGRESO PROLEGOMENOS La familia de Napoleón había intentado ya ene el pasado recuperar las cenizas del emperador pero Inglaterra no había atendido a estas peticiones encabezadas por la madre de Napoleón Bonaparte. En 1840, el rey Luis-Felipe por fin obtiene el permiso de Inglaterra para que las cenizas de Napoleón Bonaparte fallecido el 5 de mayo de 1821 sean restituidas al pueblo francés desde Santa Elena, lugar en el que había fallecido en el exilio y en el que permanecían desde entonces sus restos mortales.
El 12 de mayo de 1840, el ministro del Interior, Remusat, hace el anuncio del acontecimiento ante la Asamblea Nacional francesa - "Señores, el rey a ordenado a S.A.R. Monseñor el príncipe de Joinville, dirigirse son su fragata a la isla de Santa Elena para recoger los restos mortales del Emperador Napoleón”. Los diputados, acogieron con sorpresa y aplausos la noticia. Tras los aplausos Remusat continuó con su discurso: - …Desde ahora, Francia y sólo Francia, poseerá lo que queda de Napoleón. Su tumba, como su memoria, no pertenecerá más que a su país… Tras la entusiasta acogida de la noticia por la cámara se resolvió avanzar un millón de francos a los gastos que supondrían la repatriación y el nuevo entierro. Tras casi veinticinco años de la salida de Napoleón Bonaparte de su país en las circunstancias que todos conocemos y casi veinte años de su fallecimiento, los restos de Napoleón iban a volver a su país para poder ser honrado póstumamente por sus paisanos. Esta circunstancia nunca habría sido posible seguramente bajo el gobierno de los borbones en Francia, pero estos habían abandonado el poder tras las revueltas populares de los años treinta y Carlos X sería el último borbón que ostentaría la corona de Francia sobre su cabeza.
LA EXPEDICION El monarca en aquel entonces Luis-Felipe I de la casa de Orleáns, encargó a su hijo, Francisco, príncipe de Joinville, tomar rumbo a Santa Elena en busca de los restos del emperador, acompañado por una misión integrada por miembros concienzudamente elegidos.
La expedición fue dirigida por el conde Felipe de Rohan-Chabot, diplomático, cuyo padre combatiera a Napoleón en las filas inglesas. el abate Felix Coquereau como sacerdote de la expedición y para prestar los servicios religiosos del acto de la exhumación, como médico, se llamará al Dr. Guillard. Forman igualmente parte del viaje algunos de los que habían acompañado al Emperador durante su exilio: el Gran mariscal Bertrand y su hijo Arturo, nacido en Santa Elena, Gourgaud, barón del Imperio y ahora general de división, comandando la artillería de la plaza de París, Emmanuel de Las Cases, representado a su padre, autor del célebre Memorial de Santa Elena y uno de los acompañantes de Napoleón Bonaparte en su exilio, el cual se ha quedado ciego e impedido. Los más fieles servidores del Emperador también son incluidos en la lista. Marchand, Saint-Denis, Pierron, Noverraz y Archambault viajan con la expedición. Destaca sin embargo una ausencia de talla: la del conde de Montholon, fiel entre los fieles. Había permanecido junto al Emperador hasta su último momento. Por aquella época, se hallaba en Inglaterra, al lado del sobrino de Napoleón, el futuro Napoleón III, y se activa en poner a punto la famosa calaverada de Boloña, la cual sabemos se saldará en un fracaso y los conducirá a los dos a cumplir condena en prisión.
El 7 de julio de ese mismo año, la fragata La Belle-Poule y la corbeta La Favorite zarpó de Tolón para la Isla de Santa Elena llegando a la remota isla el 8 de Octubre. Las autoridades francesas e inglesas exigieron un protocolo absolutamente riguroso por ser un acontecimiento de gran riesgo diplomático.
El 9 de octubre la delegación francesa se reúne con Lord Middlemore, gobernador de la isla y por lo tanto representante del gobierno británico en aquel rincón del mundo. Este les informa que "los restos mortales de Napoleón les serán entregados el jueves 15 de octubre.
Inmediatamente después de la reunión con Lord Middlemore, la delegación francesa se dirige al Valle Slane o de los Geranios y concocido popularmente como el valle de Napoleón, en donde se halla la sepultura del Emperador. La tumba se hallaba custodiada por un destacamento del 91º regimiento de infantería inglés. El sepulcro estaba rodeado de una reja de hierro colado, y cubierto por tres losas transversales.
Después de algunos minutos de recogimiento, la expedición se dirige a la planicie de Longwood, en donde se sitúa la casa que había habitado el Emperador hasta su muerte. Las antiguas estancias de Napoleón en Santa Elena son actualmente unas caballerizas llenas de estiércol. La indignación es general. Los antiguos compañeros de exilio lloran por la mezcla de indignación y recuerdos. ¡Qué vergüenza! Exclama el gran mariscal Bertrand. Saquemos cuanto antes al Emperador de esta maldita isla.
LA EXHUMACION Será en el frío y bajo una lluvia batiente cuando los trabajos de exhumación comiencen, poco después de la media noche del 15 de octubre, a la luz de las lámparas de aceite. El príncipe de Joinville ha juzgado más conveniente quedarse atracado en el muelle con su estado mayor, con el fin de recibir ahí el féretro del Emperador. Toda la tropa francesa e inglesa está presente. Varias tiendas se yerguen cerca de la tumba. La más grande está designada para recibir el féretro del Emperador. Inglaterra, temiendo sin duda que una expedición osada viniese a robar el cuerpo del proscrito, había hecho de la tumba, hacía diecinueve años, un lugar casi inviolable, de tal forma que fueron necesarias más de nueve horas y media de duros trabajos antes de que aparezca por fin el féretro imperial.
Las personas presentes en el acto de exhumación son:
Por parte francesa:
El barón de las Cases, barón Gourgaud, Marchand, uno de los albaceas del Emperador; el conde Bertrand, acompañado de su hijo Arturo Bertrand; el abate Felix Coquereau, , y dos monaguillos, Saint Denis, Noverras, Arrhambauld y Pierron, de la antigua servidumbre del Emperador; Mr. Guyet, capitan de corbeta y comandante del bergantín Orestes, el doctor Guillard, , acompañados de Leroux, oficial plomista.
Por parte de la Inglaterra:
El gobernador Wiliam Wilde,; el honorable Hamelin Trelawney, teniente coronel, comandante de la artillería; coronel Hobsonj,; M. H. Seale, secretario colonial del gobierno de Santa Helena y teniente coronel de la milicia; M. Edward Littlehales, teniente de la marina real y comandante de la goleta de S. M. Británica Dolphin, en representación de la marina; Mr. Warling, que había presidido a las diligencias de la sepultura del Emperador.
Las personas destinadas a ejecutar los trabajos fueron admitidas después.
El abate Coquereau, ataviado con sus hábitos religiosos, llevando la Cruz, se dirige hacia la tumba, seguido por los niños de coro. Diez soldados ingleses, empleando cuerdas, extraen el pesado féretro de caoba, de dos centímetros de ancho, que es enseguida llevado a la gran tienda que se ha instalado en los aledaños , en donde se empieza a serrar el ataúd. Aparece entonces el segundo féretro, de plomo, que se mete en un féretro de ébano traído por la misión y que un ex oficial del antiguo ejercito napoleónico, que en su posterior vida civil se dedica a la profesión de ebanista ha fabricado. El féretro de plomo es abierto a su vez, y deja ver una caja de madera que encierra el último féretro, de hoja de lata soldada. Tras cortar las últimas soldaduras, se levanta la tapa.
El acolchado de satén blanco que forraba la tapa del féretro se ha desprendido y cubre el cuerpo de Bonaparte. Apenas levantado el lienzo, aparece el Emperador. El Gran-Mariscal Bertrán no puede contener un ligero extravío provocado la visión que le provocan los restos de su amigo y emperador. Las lágrimas corren sobre las mejillas de los asistentes. El cuerpo se ha preservado muy bien y no hay signos de corrupción del cuerpo ni de los atavíos con los que ha sido enterrado. Su rostro, aunque ligeramente demacrado, ha conservado los rasgos del fogoso Bonaparte. La piel de sus miembros ha sido perfectamente conservada, especialmente llama la atención de los testigos las manos que aparecen con sus textura original aunque con la mano izquierda más hinchada y las uñas están blanquecinas aunque parece que han crecido. Su uniforme de los Cazadores de la Guardia, así como el Gran Cordón de la legión de Honor han conservado su tinte original. Sólo la costura de una de las botas se ha desprendido y dejan al descubierto cuatro dedos del pie. Se descubre entre las piernas su sombrero y los dos jarrones de plata llenos de vinagre, dentro de los cuales el Dr. Antommarchi, en 1821, había colocado el corazón y el estómago del Emperador.
El Dr. Guillard teme que el aire active la descomposición del cuerpo y apenas dos minutos después el ataúd es vuelto a cerrar. Los diferentes féretros son colocados en un nuevo féretro de plomo que comporta sobre una placa grabada con letras de oro el epitafio siguiente: " Napoleón, emperador y rey, fallecido en Santa-Elena el V de mayo de MDCCCXXI". Se acomodan en el sarcófago de ébano traído de Francia que se recubre delicadamente con un velo de terciopelo violeta, bordado de águilas de oro, salpicado de abejas el símbolo imperial bordeado de armiño . Una cruz de plata se halla dibujada en su centro. Tras una última bendición por parte del abate, el sarcófago, de cerca de 1200 Kg, es transportado por cuarenta y tres artilleros ingleses hasta la carroza fúnebre, portada por cuatro caballos con arneses negros.
EL REGRESO Son entonces las 3:30h. El descenso hacia el puerto de Jamestown comienza. La lluvia no cesa de caer. Cerca de quinientos soldados y milicianos de Santa Elena encabezan el cortejo que avanza majestuosamente al son de los tambores y las trompetas. Detrás de ellos, el abate Coquereau, sosteniendo la cruz y elevándola al cielo, está rodeado de los niños del coro. Detrás de la carroza fúnebre se encuentran los miembros de la Misión francesa. Las autoridades civiles y militares británicas cierran la marcha. A lo lejos, el cañón dispara una salva cada minuto.
Tras la ceremonia oficial de la entrega del cuerpo del Emperador por parte de las autoridades inglesas a las francesas en el muelle del puerto, el ataúd es embarcado en una chalupa hacia La Belle-Poule. A las 5:45h, es subido a bordo de la fragata en la que una capilla ardiente se halla dispuesta en el entrepuente.
El 18 de octubre, los buques franceses levan anclas, y se hacen a la mar hasta la llegada de la flotilla al puerto de Cherbourgo el 30 de noviembre, recibida con salvas de cañón. El ataúd, después de una nueva ceremonia religiosa a bordo de La Belle-Poule , ordenada por el gobierno, es transferido sobre el barco de vapor, La Normandie. Los restos del emperador ya están en Francia.

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