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Si la mayoría de los espías encuentran, generalmente, la muerte como final de su carrera, hay casos en que hallaron honores y fortuna. El más notable de todos es el de Karl Schulmeister, conocido con el calificativo de “El espía del emperador”, cuyas aventuras constituyen verdaderos capítulos novelescos, que habría que poner en duda si no constasen en documentos oficiales.
En agosto de 1805, cuando Napoleón concentraba sus fuerzas contra el Rhin, para iniciar aquella serie de rápidas victorias, coronadas con la batalla de Austerlitz, se le presentó en Strasburgo un joven de aire sencillo y cara sonrosada. - ¿Quién sois y qué queréis? – le pregunto el emperador.
- Me llamo Schulmeister, soy un admirador vuestro, aunque no soy francés y quiero entrar en el ejército para servicios de información.
- ¿Quién responde por vos? – dijo el emperador.
- Nadie, me recomiendo yo mismo.
- Entonces no puedo emplearos en nada. ¡Retiraos!.
Y Napoleón le dio la espalda, poniéndose a examinar unos papeles. Pero cuál sería su sorpresa cuando, al volverse dos minutos después, se encontró ante su presencia con un viejecillo de pelo blanco, cara surcada de arrugas y con el temblor propio de la vejez.
- ¿Qué queréis y quién os ha anunciado? – preguntó, irritado, Napoleón.
- Nadie, señor. Soy el mismo de antes.
A Schulmeister dos minutos le habían bastado para transformarse ante el coloso, que no podía dar crédito a sus ojos, y que ante prueba tan concluyente lo tomó a su servicio, agregándolo al Estado Mayor del general Savary, jefe del servicio de información del Gran Ejército.
LOS SERVICIOS DE SCHULMEISTER
Los austriacos se habían replegado sobre Ulm, empujados por las huestes napoleónicas. Un día se presentó en las avanzadas un soldado, diciendo que había cometido grave falta contra la disciplina, y prefería desertar a ser fusilado.
El general Mack le interrogó y vio el cielo abierto con aquel renegado, que le podía dar informes de sus contrarios. En efecto, el desertor le contó las más estupendas nuevas. Sobre cuerpos de ejército que se encontraban para dar un golpe de mano a Ulm. Mack perdió la cabeza y movilizó sus efectivos, tomando medidas para contrarrestar los movimientos de Napoleón, que por los informes el desertor presume.
Entretanto, éste quedó libre dentro de la plaza, y fácilmente examinó efectivos, baterías y fortificaciones. Dos días después entró en una casa donde había un muerto, y se colocó en lugar del cadáver, que fue llevado al cementerio, sacándolo de la plaza. La guardia dejó pasar el entierro, y cuando los congojados parientes que lo llevaban en hombros le iban a dar tierra, Schulmeister, que era el falso desertor y muerto, dio una patada a la caja y salió como alma que lleva el diablo camino del cuartel general de Napoleón, para contarle lo que había visto en Ulm y la candidez de Mack.
En 1806 dio una prueba de estupenda temeridad. Prusia había sido aplastada en Jena, y las pequeñas columnas que no habían rendido las armas al enemigo procuraban ganar la frontera. Schulmeister, que marchaba a la vanguardia de las columnas perseguidoras, sabía que una columna prusiana, compuesta de 700 hombres, estaba en Wismar. Reunió 13 hússares de la guardia, y de noche, como una tromba, cayó sobre la casa en que se alojaban los oficiales. Mientras uno de los soldados daba fuertes órdenes en la puerta a las fuerzas imaginarias, Schulmeister entró con su escolta, invitando a la rendición a los oficiales prusianos, que así lo hicieron creyéndose estar cercados por todo el ejército de Napoleón. La rendición de la tropa sin jefes, fue ya un juego sencillo, y a la mañana siguiente las tropas francesas se hicieron cargo de aquellos 700 hombres, que trece soldados y el ingenio de Schulmeister habían hecho prisioneros.
La habilidad de Schulmeister para transformarse era notable. En la campaña de 1809, antes de la ruptura de hostilidades contra los austriacos, se encontraba en Baviera, donde sabía que un cuerpo de ejército, de los que iba a entrar en operaciones, tenía que ser revistado por un príncipe alemán, cuya fisonomía le era conocida. Schulmeister no se paró en barras. Alquiló un carruaje espléndido, con orondos cocheros y lacayos, se metió en él y marchó hacia donde estaban los austriacos. En el caminó se plantó un galoneado uniforme, plagado de bandas y cruces; hábilmente transformó su cara, y cuando el coche llegó a las líneas austriacas se dio a conocer como en príncipe esperado y recibió con majestuoso continente los honores que se le tributaban.
Pasó su revista, tomó nota de los efectivos, corrigió defectos... y se retiró. Al día siguiente, el general Savary pudo, gracias a él, dar cuenta a Napoleón de la composición del enemigo.
Napoleón le hizo rico, y al final estuvo agregado al Estado Mayor del general Savary, ayudante de campo del emperador, en calidad de capitán, siendo popularísimo en el ejército. |